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Una vez liberadas las grandes cantidades de endorfina y adrenalina por los alimentadores de emociones, la casa puede llegar a experimentar la velocidad del éxtasis de la vida, desde los altos umbrales soportables hasta los más bajos niveles de falta de significado con la misma sensación efímera y fugaz. Todo pasa tan rápido.

Algunos “inmunes a todo” se desgastan queriendo no dejar nada para después, pues la velocidad les hace percibir que el después no existe. Todo en búsqueda de un significado verdadero, ante la vanidad de vanidades, donde todo les parece vanidad. Otros, enfocan su búsqueda de significado en alcanzar lo que desean, o lo que otros desean para ellos. Cada cual elige y asume una posición frente a la búsqueda de identidad y de significado de la vida y de sí mismos. A unos y otros, el reloj les presenta limitaciones y propone construir cronogramas, metas y proyectos para que no se les escape totalmente de la memoria, los sueños.

El amor hace que la Casa Grande ya no sea una construcción individual e individualista. En todas sus expresiones el amor le orienta hacia el compartir y relacionarse con otros, donde le es otorgado un sentido humano con misión de servir, de amar y ser amado.

 

Esta Casa Grande conoció el amor a través de sus padres, y estos le expresaron el amor de Dios en la imagen de un padre bueno y bondadoso. Luego el amor se acercó a través de las ventanas de la casa, envuelto en esos otros como él a los que aprendió a querer, aceptar y extrañar. En todos esos juegos que le enseñaron a pedir perdón y a perdonar. En el dolor que se presentó como el compañero fiel del amor, cuando quiso amar.

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Wilson                      Mape Vanegas

  • Psicólogo
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